La llamó Libertad. Y la decoró.
Le tejió abrigo y la acarició mientras la llamaba.
La nombró muchas veces, casi reclamándola.
Pero lo hizo con dulzura, como susurrando.
Le tembló la voz mientras pronunció cada letra
Pero lo dijo otra vez: “Libertad, libertad”.
Lo hizo mientras le cortaba el pelo y la maquillaba.
Y también cuando la adoctrinaba.
Supo ver que Libertad rimaba con lealtad.
Y con bondad, maldad y Bagdad. Pero era Libertad.
Hablando por sobre su voz, mirando por encima de ella
Encontró que le sentaban bien los apodos.
Se confundió. Creyó mirarla a los ojos, pero no.
Y la agarró fuerte, la apretó y la abrazó.
Pero “Libertad”
quería correr. A lo largo y a lo ancho.
Porque es libre Libertad.
Y después de bañarla y perfumarla, le cantó nanas.
La hizo dormir, la tapó y cerró la puerta. Cerró.
Y se durmió recordando el momento en que la conoció.
La pensó y la recorrió en la imagen, para no olvidarse.
Y cuando se despertó no la encontró, no la reconoció.
No estaba Libertad, no era esa, no era ella… no era
Libertad.
Había sido, ya no era. No era Libertad.